En el pasado de las luces, no había suficientes palabras que pudieran saciar todo lo que los seres hablaban. Sus lenguas sangrientas de sed, con apetito de frases, ebullían de sensaciones y percepciones del mundo. Pero nadie los oyó cantar esas letras, no había suficientes oídos, porque desde siempre en este mundo hubo más bocas que orejas, más palabras que sonidos, más ideas que acciones. "Los hechos -decían los antiguos- los dejamos para los que vengan".
De ese tiempo al nuestro, somos nosotros los que ya no debemos hablar sino hacer, no debemos soñar sin cumplir y así podremos disfrutar de los frutos de aquellas semillas de antaño, de aquellas semillas de hechos.
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